Ivan Turguenev - Aguas PrimaveralesReport as inadecuate




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Iván Turguenev Aguas Primaverales A eso de la una de la madrugada regresó a su gabinete de trabajo, despidió al criado que había encendido las velas.
Y sentándose en una butaca junto al fuego, cubrióse el rostro con ambas manos. Nunca había sentido tal desfallecimiento físico y moral.
Había pasado la velada con amables damas e inteligentes caballeros.
Muchas de aquellas damas eran bonitas; la mayor parte de los caballeros distinguíanse por el talento y el ingenio; él mismo se había mostrado en la conversación interlocutor agradable y hasta brillante...
y a pesar de todo eso, nunca se había encontrado tan irresistiblemente acometido y opreso por aquel taedium vitae de que hablaban ya los antiguos romanos. Si hubiese sido más joven, hubiera llorado de fastidio, de angustia y de enervamiento; un amargor corrosivo y urente, como el del ajenjo, llenaba su alma entera; cierto no sé qué denso, helado, tétrico, le envolvía por todas partes como una oscura noche, y no sabía cómo desembarazarse de esa oscuridad, de ese amargor.
Era inútil recurrir al sueño, presentía que el sueño no iba a venir en su auxilio. Insensiblemente se sumió en largas y lentas reflexiones, deshilvanadas y tristes. Meditó acerca de lo vano, inútil y vulgarmente embustero de las cosas humanas.
Todas las épocas de la vida -acababa de cumplir cincuenta y dos años- desfilaron unas en pos de otras ante los ojos de su pensamiento, y ninguna de ellas encontró gracia delante de él. ¡Agitarse siempre en el vacío y la nada, andar siempre dando tajos y mandobles al aire, siempre embelesarse medio cándida, medio conscientemente con el señuelo de vanas quimeras! “Poco importa lo que contenta a un niño, con tal de que no llore”, dice un proverbio ruso.
Luego, de pronto, cual nieve que nos cae en la cabeza, ver llegar la vejez y con ella su compañero, el temor a la muerte, ese temor que nos zapa y nos roe sin cesar...; después, por último, ¡el chapuzón en el abismo! ¡...






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