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EDGAR ALLAN POE METZENGERSTEIN Pestis eram vivus – moriens tua mor ero. (Martín Lutero) El horror y la fatalidad han estado al acecho en todas las edades.
¿Para qué, entonces, atribuir una fecha a la historia que he de contar? Baste decir que en la época de que hablo existía en el interior de Hungría una firme aunque oculta creencia en las doctrinas de la metempsícosis.
Nada diré de las doctrinas mismas, de su falsedad o su probabilidad.
Afirmo, sin embargo, que mucha de nuestra incredulidad (como lo dice La Bruyére de nuestra infelicidad) vient de ne pouvoir étre seuls1. Pero, en algunos puntos, la superstición húngara se aproximaba mucho a lo absurdo.
Diferían en esto por completo de sus autoridades orientales.
He aquí un ejemplo: El alma -afirmaban (según lo hace notar un agudo e inteligente parisiense)- ne demeure qu'une seule fois dans un corps sensible: au reste, un cheval, un chien, un homme méme, n'est que la ressemblance peu tangible de ces animaux. Las familias de Berlifitzing y Metzengerstein hallábanse enemistadas desde hacía siglos.
jamás hubo dos casas tan ilustres separadas por una hostilidad tan letal.
El origen de aquel odio parecía residir en las palabras de una antigua profecía: «Un augusto nombre sufrirá una terrible caída cuando, como el jinete en su caballo, la mortalidad de Metzengerstein triunfe sobre la inmortalidad de Berlifitzing». Las palabras en sí significaban poco o nada.
Pero causas aún más triviales han tenido -y no hace mucho - consecuencias memorables.
Además, los dominios de las casas rivales eran contiguos y ejercían desde hacía mucho una influencia rival en los negocios del Gobierno.
Los vecinos inmediatos son pocas veces amigos, y los habitantes del castillo de Berlifitzing podían contemplar, desde sus encumbrados contrafuertes, las ventanas del palacio de Metzengerstein.
La más que feudal magnificencia de este último se prestaba muy poco a mitigar los irritables sentimientos de los Berlifitz...






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